Te
miro recostada sobre la blanca tela que cubre la camilla donde yaces. Tu mano
está rígida y fría, tus ojos apagan su brillo pardo. Te marchas, pero no te
marchas, y congela la muerte sobre tu rostro la juventud que se va contigo.
“Jamás
te conocí”, pienso mientras cubro con la sábana tu cuerpo inerte. Camino bajo
la luz de los fluorescente entre pasillos grises donde la parca ronda buscando
a quién llevarse. Pero tú no tenías que irte, aún no, no así, no de esta forma.
En tu ficha sólo veo garabatos, resumen de una vida… Leo atento con la mente en
otra parte: “Anouk Cianfrance, 6 años. Muerta en accidente de tráfico.”
Ya
vienen a por mí uniformes azules con pulseras de plata. Siento al fin alivio en
mi pecho cuando los grilletes comprimen mis muñecas. Una mano en mi espalda me
hace avanzar por pasillos de hospital mientras a mi alrededor entran y salen
cuerpos tapados sobre camillas metálicas. Ya no vale pedir perdón, no derramo
ni una lágrima. Ya no vale decir que no fui yo, que fue el alcohol que recorría
mis entrañas.
En
mi cabeza destellos de luz y Quinientos caballos de metacrilato azul sesgando
vidas en la madrugada. El sonido del motor, el chirriar de las llantas sobre el
asfalto, un golpe seco… y después la calma. No hubo llanto, sólo el sonido de sirenas
lejanas y tres cuerpos sobre un coche en llamas. No fue el alcohol, fui yo, yo
y sólo yo. Yo soy la muerte, yo soy la parca.
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