jueves, 10 de abril de 2014

Memorias de un conductor

Te miro recostada sobre la blanca tela que cubre la camilla donde yaces. Tu mano está rígida y fría, tus ojos apagan su brillo pardo. Te marchas, pero no te marchas, y congela la muerte sobre tu rostro la juventud que se va contigo.
“Jamás te conocí”, pienso mientras cubro con la sábana tu cuerpo inerte. Camino bajo la luz de los fluorescente entre pasillos grises donde la parca ronda buscando a quién llevarse. Pero tú no tenías que irte, aún no, no así, no de esta forma. En tu ficha sólo veo garabatos, resumen de una vida… Leo atento con la mente en otra parte: “Anouk Cianfrance, 6 años. Muerta en accidente de tráfico.”
Ya vienen a por mí uniformes azules con pulseras de plata. Siento al fin alivio en mi pecho cuando los grilletes comprimen mis muñecas. Una mano en mi espalda me hace avanzar por pasillos de hospital mientras a mi alrededor entran y salen cuerpos tapados sobre camillas metálicas. Ya no vale pedir perdón, no derramo ni una lágrima. Ya no vale decir que no fui yo, que fue el alcohol que recorría mis entrañas.

En mi cabeza destellos de luz y Quinientos caballos de metacrilato azul sesgando vidas en la madrugada. El sonido del motor, el chirriar de las llantas sobre el asfalto, un golpe seco… y después la calma. No hubo llanto, sólo el sonido de sirenas lejanas y tres cuerpos sobre un coche en llamas. No fue el alcohol, fui yo, yo y sólo yo. Yo soy la muerte, yo soy la parca.


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