Dulce clamor de los violines del alba que te arrastran a mis
versos,
Eres cada letra y cada párrafo,
Cada rima inconclusa,
Cada palabra sin dueño.
Tú que eres viento que precipita mis palabras a un paisaje
de hielo y fuego,
Tú que eres rosa entre las amapolas,
Tú que eres la llama que persiste en medio del basto océano.
Y llamas a mi alma con el rumor del viento entre las ramas
de los helechos,
Y me tiras y levantas, eres la herida y el ungüento.
Y te yergues sobre mi cuerpo,
Y te agitas entre sombras y silencio.
Y contemplo tus ojos,
Y acaricio con mis manos desnudas tus besos.
Entonces callo y te vuelves silencio,
Y en el silencio gotas de sudor sobre nuestros dedos.
Y caemos sobre las sábanas manchadas de nuestros cuerpos,
Y yacemos inertes sobre mantos de silencio.
Y entonces, en la oscuridad de cuartos sin dueño,
Dejamos de pertenecer a un único dios eterno,
Y nos convertimos en aire,
Y el aire se convirtió en silencio…
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